Traducir implica tratar con todo el contenido escrito de la humanidad, desde la Antigüedad hasta nuestros días. Ello destaca la responsabilidad y el peso que conlleva la labor del traductor, así como también indica la especialización que requiere para poder transladar de un idioma a otro tan variado contenido escrito. Esa especialización dentro del trabajo traductológico significa que la traducción ha de clasificarse con base en las áreas de conocimiento por abarcar.
Por cuestiones de practicidad, todos los textos se agrupan, de primera instancia, en dos grandes campos: el de los documentales y el de los literarios. A partir de éstos es que se tienen las dos áreas basales de la traducción: la documental y la literaria; cada una con sus propios rasgos, aunque compartiendo los mismos métodos, técnicas y estrategias traductológicos.
La traducción documental, de los dos campos, es la que abarca la mayor variedad y cantidad de tipos de texto, pues esta clase se subdivide en tres grupos: el de la traducción científica (textos de y sobre ciencias exactas y experimentales: matemáticas, física, química, medicina, etc.), el de la humanística (textos de y sobre ciencias sociales, humanidades y artes: sociología, derecho, filosofía, psicología, historia, economía, música, pintura, etc.) y el de la técnica (textos de y sobre disciplinas tecnológicas y técnicas: ingeniería, mecánica automotriz, aeronáutica, petroquímica, etc.). La sola mención de estas tres subdivisiones, con los someros ejemplos de sus áreas de conocimiento, justifican per se la aseveración de que ésta es la clase traductológica más amplia, aunque ello no quiera decir que sea la más compleja (antes bien, la más terminológica).
La traducción literaria tiene un campo de acción más especializado y menos abierto que la documental, por lo que representa la menor variedad y cantidad en tipos de texto, aunque a diferencia de la documental, sí implica una mayor complejidad y dificultad para realizarse (tanto así, que durante mucho tiempo fue motivo de discusión lingüística y filosófica la posibilidad o imposibilidad de la traducción literaria, ante el universo pletórico de elementos semánticos, estilísticos, semiológicos y contextuales de que todas las obras literarias están cuajadas). Esto es lo que dificulta tanto la labor del traductor literario, pues cada obra por transladar de una lengua a otra, de una cultura a otra -por mucho que se conozca de su autor (su historia personal, su estilo, sus influencias literarias e ideológicas, su momento histórico, etc.)-, es un reto por vencer y en el que el traductor habrá de desplegar todas sus capacidades, experiencia y cultura para poderlo lograr. Los textos sobre los que ejerce su labor el traductor literario se agrupan en tres áreas esenciales: narrativa (cuento, novela corta, novela y ensayo), dramaturgia (teatro, guión cinematográfico, televiso y radial; subtitulaje) y poesía (que por su fuerte carga simbólica y lo reducido de su forma representa, sin duda, el contenido más difícil de traducir). A estos grupos, que reflejan la parte creativa de la literatura, cabría agregar el de los textos de estudio, análisis y/o reflexión sobre literatura.
Los perfiles de ambos tipos de traductor (documental, en sus especialidades de científico, humanístico o técnico, y en las que a su vez ha de subespecializarse: en ciencias de la salud, en ciencias exactas, en ciencias experimentales, jurídico, etc.; y literario, en sus especialidades de en narrativa, en dramaturgia o en poesía) tienen peculiaridades que los distinguen. El traductor documental; por las características tan precisas y especializadas de los textos que trabaja (terminología especializada y una redacción estructurada de acuerdo con los contenidos manejados, sin juegos semánticos ni estilísticos, puesto que su finalidad es informativa y formativa); se distingue por su precisión y especialización en el lenguaje que maneja y por su libertad reducida para desarrollar su labor. Su desempeño podría equipararse al de un técnico que ha de avenirse a las instrucciones y métodos prestablecidos. El traductor literario; por la variedad y variabilidad estilísticas, semánticas, semiológicas, formales y contextuales de los textos a los que se enfrenta; debe tener un dominio profundo del lenguaje que maneja, preciso y especializado (conforme a los géneros, tipo de obra y autor que traduce) y, al contrario del documental, sí posee libertad para desarrollar su labor; aunque entendida como libertad bajo control (el del dominio lingüístico -gramatical, semántico,lexicológico y cultural de la lengua origen y la terminal o meta-, traductológico -métodos, técnicas, herramientas y estrategias- y literario -género, tipo de obra, corriente literaria, época literaria, etc.-) para respetar, por completo, todo el contenido original (haciendo los ajustes mínimos por la diferencia de culturas entre la lengua de origen y la de traducción) y, en todo lo que sea posible, la estructura que lo contiene (en tanto no violente los rasgos particulares de la lengua y cultura a la que se traduce, a fin de evitar un resultado incomprensible o confuso).
A partir de estos dos campos es que se abre el universo infinito del trabajo traductor, muchas veces desconocido o menospreciado éste y otras tantas, reconocido en toda su importancia histórica, social y cultural.

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